Declaración del H. Convención Nacional de la UCR, reunida en la ciudad de Mar del Plata, 18 de abril de 2009
El pueblo está inquieto y desalentado por el estilo de confrontación y de división entre los argentinos impuesto por el gobierno y se siente desprotegido frente a la importancia de los problemas nacionales irresueltos y también por las dudas de la incidencia que tendrá sobre nosotros la evolución mundial. En ningún momento de la vida del país la confrontación ha sido fructífera para el progreso colectivo. Más aún, la construcción del país moderno sólo pudo encaminarse cuando a la violencia y la anarquía se las pudo encuadrar en las instituciones fundacionales de la Constitución de 1853 y los códigos y leyes que nos han dado convivencia, identidad y progreso.
La Argentina de nuestros días es una sociedad grande, compleja, rica de diferencias, matices y sueños y todo ese potencial necesita de un accionar político responsable, ilustrado, sensible a los problemas y con un claro y categórico sentido de servicio del interés general en el largo plazo. Sólo cuando se mira lejos y con grandeza es posible encontrar los denominadores comunes positivos en un presente lleno de incertidumbres.
Desde la crisis en la que hizo eclosión la política ultraliberal y enfermizamente privatizadora seguida durante la década del 90 por el actual partido gobernante, la sociedad ha trabajado con dedicación para superar los daños, y todo el pueblo argentino es propietario de la superación de esa triste etapa. Recuperada la normalidad institucional con los comicios de 2003, la República se benefició, al igual que los demás países de la región, con una muy favorable coyuntura económica internacional que cerró un extenso ciclo de números negativos y permitió a toda la sociedad argentina valorizar el trabajo y reconstruir el aparato productivo.
Durante varios años, todos los agentes económicos privados utilizaron esa coyuntura para capitalizar sus pequeñas o grandes empresas, llevar a un nivel aceptable la oferta de trabajo para nuestra gente y modernizar la producción. En nuestros campos, en nuestras industrias, en los centros de investigación, en todos los servicios, el país se ha equipado y modernizado en esos tiempos de relativa bonanza.
Pese a ese esfuerzo del pueblo argentino el gobierno nacional no actuó con equivalente sensatez y previsión, desaprovechando los años buenos que podrían haber permitido crear mayores reservas y resolver los serios problemas estructurales que tiene el país. La mejoría en los números fiscales que se manifestó ya en 2003 no se volcó en los ejercicios siguientes a una administración prudente, prefiriéndose una política de grandes gestos y repartos clientelistas. Por ejemplo, si se hubiese evitado el festival de subsidios y una estrategia de aparente “desendeudamiento” internacional que canjeó fuentes de financiamiento a bajo costo por otras de un costo elevado y nos aislaba de los mercados mundiales, las reservas de divisas internacionales del país podrían ser hoy el doble de las que disponemos.
Los problemas estructurales no se han encarado. De la durísima década de 1990 salió nuestro país con niveles de pobreza, indigencia y desigualdad que nos eran históricamente desconocidos. Y este dolor moral, social, económico y político debía ser una prioridad absoluta para los gobernantes pero no lo fue. Y para que los remedios fueran duraderos era menester encarar la mayor cantidad posible de reformas para no recaer en el daño ante un cambio siempre posible en la coyuntura nacional o internacional.
Era urgente mejorar los niveles de ocupación, salarios, asistencia social y jubilaciones. Pero era también fundamental orientar la acción de gobierno a combatir la pobreza. pero poco y nada se hizo en estos aspectos fundamentales. En el Gran Buenos Aires viven millones de compatriotas en condiciones ambientales y sanitarias inaceptables y no es por la vía de los ingresos individuales que tales lacras pueden eliminarse. El saneamiento de las cuencas de los ríos y arroyos de esta región superpoblada era y es una urgencia capaz de cambiar la calidad de vida a millones de pobres, que no lo pueden hacer con su esfuerzo personal: estos grandes trabajos públicos estudiados, conocidos y hasta financiados por fuentes internacionales de crédito, no han sido realizados.
El sistema de transportes públicos, del que dependen para su vida, su trabajo y su mejoría la totalidad de los sectores pobres y amplios sectores de clase media, no ha experimentado ninguna mejoría sustancial durante esos años: allí está nuestro maltrecho sistema ferroviario dando testimonio del abandono, de la incuria o del desinterés del gobierno federal. Tampoco las redes hospitalarias y escolares del país han recibido los impulsos que se podían lograr con los fondos públicos reunidos en el período favorable que ya ha quedando atrás. Esa falta inexplicable de políticas de lucha contra la pobreza muestra que el discurso gubernamental a partir del 2003 no ha sido sincero y no ha tenido más fin que intentar capitalizar en el interés partidario o personal una prosperidad que, aunque relativa, fue construida por el esfuerzo de todo el pueblo argentino.
La evidencia de esta inacción oficial es lo que nutre el clima de desaliento que impera hoy en el país. La gente tiene también fundados temores de que, ante el viento adverso del ciclo económico, sigamos retrocediendo ante la inercia oficial que se trata de disimular con discursos, propaganda y falseando estadísticas.
La misma percepción de inseguridad sobre el futuro que afecta a los trabajadores, se advierte también entre los empresarios de todas las actividades, particularmente los pequeños y medianos que son los que más afectados, porque también sienten que no hay cambios de fondo y que los esfuerzos que hicieron por capitalizarse y tecnificarse están amenazados no sólo por las imprevisiones oficiales, sino también por la venganza y el resentimiento, como ocurre con los productores del campo y con la industria vinculada a esta fundamental actividad, a quienes no se les permite una digna subsistencia.
La incapacidad del gobierno tiene una manifestación dramática en la falta de seguridad que soportan los argentinos. Muchos países y ciudades han enfrentado problemas delictivos tan graves como los nuestros, y los han resuelto con una combinación inteligente de políticas sociales, de fomento del empleo y esfuerzos en la educación y salud pública y reformas en el sistema de seguridad, con procedimientos preventivos adecuados, fuerzas policiales modernas, bien pagadas, depuradas y eficientes y, el consecuente concurso solidario de toda la población. Esta reforma está ausente en la Argentina.
La imprevisión, el derroche y la falta de transparencia del gobierno nacional han aumentado la debilidad de nuestro país ante los eventuales cambios en las tendencias mundiales cuya profundidad y duración no es posible prever con certeza, pero que ha de afectarnos inevitablemente. Frente a esta nueva amenaza es primordial defender los niveles de vida y ocupación de nuestro pueblo, proteger nuestro mercado interno y nuestras empresas, pero tenemos que hacerlo con la convicción de que somos parte de América Latina y, como tal pertenecemos al mundo y estamos decididos a actuar en él como un actor moderno y ágil, rechazando las recetas vetustas, fáciles y suicidas del aislacionismo.
La Argentina enfrenta desafíos difíciles y de gran magnitud, sin duda. Sabemos los radicales por nuestra secular experiencia, que en estos tiempos se requieren acuerdos políticos generosos y estrictamente encuadrados en el marco de nuestras tradiciones constitucionales. Tal marco es el valor insustituible de la certeza institucional y de la lealtad política. Modificar normas y procedimientos de manera arbitraria, como lo ha hecho y sigue haciendo el gobierno y con el solo concurso del número ocasional de legisladores obsecuentes del Ejecutivo, es sembrar la desconfianza y debilitar aún más las instituciones.
Esta convicción nos lleva a protestar enérgicamente por las reiteradas manipulaciones de los organismos de control de los actos gubernamentales a que nos tiene sometidos el oficialismo. Y a rechazar las graves maniobras del cambio de las fechas electorales, la violación de los requisitos de los candidatos, y la resistencia del oficialismo a realizar las reformas electorales que aumenten y consoliden la confiabilidad del sufragio. Si no partimos del respeto a las instituciones, todo diálogo frente a las dificultades de cualquier tipo será imposible. Ese es el motivo de nuestro énfasis en la necesaria y ausente limpieza institucional.
Es irresponsable jugar a todo o nada en los turnos electorales y con más razón en las condiciones de fragilidad económica, social y política a que nos ha conducido el oficialismo. El pueblo necesita que sus dirigentes piensen y trabajen para el bien común, con la vista puesta en el presente y en el futuro de la nación. Por ello la Unión Cívica Radical ha creado un espacio político con fuerzas afines y ha formalizado acuerdos que permitirán en los comicios parlamentarios que se avecinan, aumentar las posibilidades de elegir un mayor número de legisladores de la oposición, terminar con las mayorías verticalistas, ejercer un control al Poder Ejecutivo, jerarquizar al Parlamento y respetar el sistema de división de poderes que establece la Constitución Nacional.
Esta Honorable Convención celebrada en Mar del Plata ha marcado el rumbo para seguir fortaleciendo al radicalismo para servir a la democracia y aprobando esta política de acercamiento a otros sectores con parentesco ideológico y con posibilidad de profundizarla hacia el futuro. Lo ha hecho desde su identidad de partido popular y progresista, con convencimiento y sensible a los deseos de una ciudadanía que la estaba reclamando.
La UCR, que es en la Argentina el partido de la democracia realizada en sus gestiones de gobierno, le ofrece al país su trayectoria de patriotismo, sensibilidad popular, coraje civil, limpieza de procedimientos, solidaridad con los desposeídos, conducta ética, grandeza de miras, vocación de diálogo y ejercicio permanente de la tolerancia. Luchar para llevar al gobierno estos valores, que encarnó en vida el ilustre ex presidente Raúl Alfonsín, es su firme compromiso con el pueblo argentino.
El pueblo está inquieto y desalentado por el estilo de confrontación y de división entre los argentinos impuesto por el gobierno y se siente desprotegido frente a la importancia de los problemas nacionales irresueltos y también por las dudas de la incidencia que tendrá sobre nosotros la evolución mundial. En ningún momento de la vida del país la confrontación ha sido fructífera para el progreso colectivo. Más aún, la construcción del país moderno sólo pudo encaminarse cuando a la violencia y la anarquía se las pudo encuadrar en las instituciones fundacionales de la Constitución de 1853 y los códigos y leyes que nos han dado convivencia, identidad y progreso.
La Argentina de nuestros días es una sociedad grande, compleja, rica de diferencias, matices y sueños y todo ese potencial necesita de un accionar político responsable, ilustrado, sensible a los problemas y con un claro y categórico sentido de servicio del interés general en el largo plazo. Sólo cuando se mira lejos y con grandeza es posible encontrar los denominadores comunes positivos en un presente lleno de incertidumbres.
Desde la crisis en la que hizo eclosión la política ultraliberal y enfermizamente privatizadora seguida durante la década del 90 por el actual partido gobernante, la sociedad ha trabajado con dedicación para superar los daños, y todo el pueblo argentino es propietario de la superación de esa triste etapa. Recuperada la normalidad institucional con los comicios de 2003, la República se benefició, al igual que los demás países de la región, con una muy favorable coyuntura económica internacional que cerró un extenso ciclo de números negativos y permitió a toda la sociedad argentina valorizar el trabajo y reconstruir el aparato productivo.
Durante varios años, todos los agentes económicos privados utilizaron esa coyuntura para capitalizar sus pequeñas o grandes empresas, llevar a un nivel aceptable la oferta de trabajo para nuestra gente y modernizar la producción. En nuestros campos, en nuestras industrias, en los centros de investigación, en todos los servicios, el país se ha equipado y modernizado en esos tiempos de relativa bonanza.
Pese a ese esfuerzo del pueblo argentino el gobierno nacional no actuó con equivalente sensatez y previsión, desaprovechando los años buenos que podrían haber permitido crear mayores reservas y resolver los serios problemas estructurales que tiene el país. La mejoría en los números fiscales que se manifestó ya en 2003 no se volcó en los ejercicios siguientes a una administración prudente, prefiriéndose una política de grandes gestos y repartos clientelistas. Por ejemplo, si se hubiese evitado el festival de subsidios y una estrategia de aparente “desendeudamiento” internacional que canjeó fuentes de financiamiento a bajo costo por otras de un costo elevado y nos aislaba de los mercados mundiales, las reservas de divisas internacionales del país podrían ser hoy el doble de las que disponemos.
Los problemas estructurales no se han encarado. De la durísima década de 1990 salió nuestro país con niveles de pobreza, indigencia y desigualdad que nos eran históricamente desconocidos. Y este dolor moral, social, económico y político debía ser una prioridad absoluta para los gobernantes pero no lo fue. Y para que los remedios fueran duraderos era menester encarar la mayor cantidad posible de reformas para no recaer en el daño ante un cambio siempre posible en la coyuntura nacional o internacional.
Era urgente mejorar los niveles de ocupación, salarios, asistencia social y jubilaciones. Pero era también fundamental orientar la acción de gobierno a combatir la pobreza. pero poco y nada se hizo en estos aspectos fundamentales. En el Gran Buenos Aires viven millones de compatriotas en condiciones ambientales y sanitarias inaceptables y no es por la vía de los ingresos individuales que tales lacras pueden eliminarse. El saneamiento de las cuencas de los ríos y arroyos de esta región superpoblada era y es una urgencia capaz de cambiar la calidad de vida a millones de pobres, que no lo pueden hacer con su esfuerzo personal: estos grandes trabajos públicos estudiados, conocidos y hasta financiados por fuentes internacionales de crédito, no han sido realizados.
El sistema de transportes públicos, del que dependen para su vida, su trabajo y su mejoría la totalidad de los sectores pobres y amplios sectores de clase media, no ha experimentado ninguna mejoría sustancial durante esos años: allí está nuestro maltrecho sistema ferroviario dando testimonio del abandono, de la incuria o del desinterés del gobierno federal. Tampoco las redes hospitalarias y escolares del país han recibido los impulsos que se podían lograr con los fondos públicos reunidos en el período favorable que ya ha quedando atrás. Esa falta inexplicable de políticas de lucha contra la pobreza muestra que el discurso gubernamental a partir del 2003 no ha sido sincero y no ha tenido más fin que intentar capitalizar en el interés partidario o personal una prosperidad que, aunque relativa, fue construida por el esfuerzo de todo el pueblo argentino.
La evidencia de esta inacción oficial es lo que nutre el clima de desaliento que impera hoy en el país. La gente tiene también fundados temores de que, ante el viento adverso del ciclo económico, sigamos retrocediendo ante la inercia oficial que se trata de disimular con discursos, propaganda y falseando estadísticas.
La misma percepción de inseguridad sobre el futuro que afecta a los trabajadores, se advierte también entre los empresarios de todas las actividades, particularmente los pequeños y medianos que son los que más afectados, porque también sienten que no hay cambios de fondo y que los esfuerzos que hicieron por capitalizarse y tecnificarse están amenazados no sólo por las imprevisiones oficiales, sino también por la venganza y el resentimiento, como ocurre con los productores del campo y con la industria vinculada a esta fundamental actividad, a quienes no se les permite una digna subsistencia.
La incapacidad del gobierno tiene una manifestación dramática en la falta de seguridad que soportan los argentinos. Muchos países y ciudades han enfrentado problemas delictivos tan graves como los nuestros, y los han resuelto con una combinación inteligente de políticas sociales, de fomento del empleo y esfuerzos en la educación y salud pública y reformas en el sistema de seguridad, con procedimientos preventivos adecuados, fuerzas policiales modernas, bien pagadas, depuradas y eficientes y, el consecuente concurso solidario de toda la población. Esta reforma está ausente en la Argentina.
La imprevisión, el derroche y la falta de transparencia del gobierno nacional han aumentado la debilidad de nuestro país ante los eventuales cambios en las tendencias mundiales cuya profundidad y duración no es posible prever con certeza, pero que ha de afectarnos inevitablemente. Frente a esta nueva amenaza es primordial defender los niveles de vida y ocupación de nuestro pueblo, proteger nuestro mercado interno y nuestras empresas, pero tenemos que hacerlo con la convicción de que somos parte de América Latina y, como tal pertenecemos al mundo y estamos decididos a actuar en él como un actor moderno y ágil, rechazando las recetas vetustas, fáciles y suicidas del aislacionismo.
La Argentina enfrenta desafíos difíciles y de gran magnitud, sin duda. Sabemos los radicales por nuestra secular experiencia, que en estos tiempos se requieren acuerdos políticos generosos y estrictamente encuadrados en el marco de nuestras tradiciones constitucionales. Tal marco es el valor insustituible de la certeza institucional y de la lealtad política. Modificar normas y procedimientos de manera arbitraria, como lo ha hecho y sigue haciendo el gobierno y con el solo concurso del número ocasional de legisladores obsecuentes del Ejecutivo, es sembrar la desconfianza y debilitar aún más las instituciones.
Esta convicción nos lleva a protestar enérgicamente por las reiteradas manipulaciones de los organismos de control de los actos gubernamentales a que nos tiene sometidos el oficialismo. Y a rechazar las graves maniobras del cambio de las fechas electorales, la violación de los requisitos de los candidatos, y la resistencia del oficialismo a realizar las reformas electorales que aumenten y consoliden la confiabilidad del sufragio. Si no partimos del respeto a las instituciones, todo diálogo frente a las dificultades de cualquier tipo será imposible. Ese es el motivo de nuestro énfasis en la necesaria y ausente limpieza institucional.
Es irresponsable jugar a todo o nada en los turnos electorales y con más razón en las condiciones de fragilidad económica, social y política a que nos ha conducido el oficialismo. El pueblo necesita que sus dirigentes piensen y trabajen para el bien común, con la vista puesta en el presente y en el futuro de la nación. Por ello la Unión Cívica Radical ha creado un espacio político con fuerzas afines y ha formalizado acuerdos que permitirán en los comicios parlamentarios que se avecinan, aumentar las posibilidades de elegir un mayor número de legisladores de la oposición, terminar con las mayorías verticalistas, ejercer un control al Poder Ejecutivo, jerarquizar al Parlamento y respetar el sistema de división de poderes que establece la Constitución Nacional.
Esta Honorable Convención celebrada en Mar del Plata ha marcado el rumbo para seguir fortaleciendo al radicalismo para servir a la democracia y aprobando esta política de acercamiento a otros sectores con parentesco ideológico y con posibilidad de profundizarla hacia el futuro. Lo ha hecho desde su identidad de partido popular y progresista, con convencimiento y sensible a los deseos de una ciudadanía que la estaba reclamando.
La UCR, que es en la Argentina el partido de la democracia realizada en sus gestiones de gobierno, le ofrece al país su trayectoria de patriotismo, sensibilidad popular, coraje civil, limpieza de procedimientos, solidaridad con los desposeídos, conducta ética, grandeza de miras, vocación de diálogo y ejercicio permanente de la tolerancia. Luchar para llevar al gobierno estos valores, que encarnó en vida el ilustre ex presidente Raúl Alfonsín, es su firme compromiso con el pueblo argentino.
